Cuando en Bogotá llovía.
- Ricardo Sierra
- 7 feb 2016
- 2 min de lectura
No hace mucho cuando oímos decir que era la "Nevera" sobre todo cuando Gabriel García la describía así;
-"Bogotá era entonces una ciudad remota y lúgubre donde estaba cayendo una llovizna insomne desde principios del siglo XVI. Me llamó la atención que había en la calle demasiados hombres deprisa, vestidos como yo desde mi llegada, de paño negro y sombreros duros. En cambio no se veía ni una mujer de consolación, cuya entrada estaba prohibida en los cafés sombríos del centro comercial, como la de sacerdotes con sotana y militares uniformados. En los tranvías y orinales públicos había un letrero triste: «Si no le temes a Dios, témele a la sífilis».
Ese tiempo ya paso y por mucho, ahora predecir el clima es mucho más difícil (Como si antes hubiera sido fácil) ahora encontrar a caballeros de abrigos negros y la llovizna tenaz es un absurdo, lo mismo que es el hombre con su planeta, más parece una ciudad de “tierra caliente” la que en algunos momentos nosotros los bogotanos queríamos que fuese, pues el deseo llego al fín.
Hoy todos esperamos que llueva (que ironía) recuerdo con nostalgia las largas horas que de niño en la ventana veía las calle cuando en Bogotá llovía…
Ahora encontré este articulo de otro caribeño Juan Gossain Revista Semana 29/08/1988
“Tal vez porque me deprime, y porque me hace sentir una profunda melancolía, el invierno se convierte para mí en la peor época del año. En este preciso momento, mientras escribo, siento en la ventana el ataque feroz de un aguacero. El cielo está cuajado de nubarrones y parece que fuera a desempedrarse sobre la gente. Un pobre perro callejero tiembla emparamado bajo el alero. Los dos árboles que quedan en la acera están mustios y alicaídos. El invierno es enemigo de las hojas.” “La lluvia de Bogotá se ha convertido, si puede decirse así, en una de las más poéticas y melancólicas. Mi mujer, que tiene cierta tendencia guajira al lado lóbrego de la vida, dice que no hay espectáculo que se le pueda comparar. Cuando caen los primeros goterones, y del suelo sube un olor vaporoso de tierra mojada, ella se acoda en una ventana, como las muchachas que salían en las láminas de los libros viejos, a mirar los cerros que rodean la ciudad. Las colinas se pierden, entonces, entre la gasa de la niebla. El granizo se desploma como perdigones. A mí, por el contrario, la lluvia bogotana me hace salir flores de moho en el alma. Me entristece. Y, en vez de encontrarle ese lado romántico, le veo más bien su ángulo malvado. En los barrios más pobres de las laderas bogotanas he visto familias tan pobres que ni siquiera disponen de cartones para parapetar un techo. Duermen bocarriba, con cuatro paredes pero a la intemperie, y la lluvia se convierte entonces en su enemigo más encarnizado.”
Por el momento pienso en las palabras para estas épocas que mi mamá decía, “no es sino que los chinos entren a estudiar y empieza a llover” será cierto?

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